Sin categoría

El ser o la nada

Pedro-Sanchez-acto-Hermanas_ECDIMA20170201_0008_3

El ser o la nada

Los aficionados al pensamiento, a la reflexión, tuvieron ocasión, en las postrimerías de la II Guerra Mundial, de disfrutar con la primera gran obra de aquel genial, ateo y malencarado, antisistema y ex prisionero de guerra que era Jean-Paul Sartre. El ser y la nada («L’être et le néant») versa, como es conocido, sobre el libre albedrío.
Se me venía esto a la cabeza –el ser, la nada, su relación y el libre albedrío–, a propósito de la convicción absoluta que albergo de que, en estos momentos, para el socialismo español, que parece andar escasito, por cierto, de libre albedrío, la alternativa a Pedro Sánchez Castejón –el ser– es la nada.
Como he comentado otras veces, la campaña desatada en octubre pasado contra la posibilidad de un gobierno de progreso en España, en el que necesariamente habrían de participar nuevos actores políticos no vinculados a la Transición, carece de parangón en nuestra historia. Que todos los medios de comunicación escrita, sin excepción, se tiren a la yugular de un secretario general hasta el punto de propiciar un golpe de mano de difícil encaje estatutario –y por lo tanto, democrático– no había ocurrido ni con el califa en los noventa.
Los hechos son conocidos. El mundo empresarial, mediático y, por lo que sabemos, hasta las más altas magistraturas del Reino, echaron el resto para que un gobierno de progreso que representara a la España real, a los parados, a los desahuciados, a los aspirantes a mileuristas, no fuera posible. Y, lo que es más terrible, esto ocurrió con el apoyo público y comprometido de determinados dinosaurios socialistas y de muy buena parte de aquellos que, en el propio PSOE, miraron con más cariño a sus sillas que a su propio electorado. ¿Y por qué?
Esta mañana alguien me comentaba que «no se podía permitir que alguien de fuera del aparato se hiciera con los resortes y la información de los trabajos del CNI de todos estos años». Hay que recordar que, precisamente, la vicepresidencia del gobierno se encarga de dirigir esa institución. Ese comentario, hecho en el contexto en el que un oscuro comisario político amenaza con tirar de la manta, no me sonó descabellado. ¿Y ahora qué?
Antes de continuar, permítaseme una pregunta retórica, ¿estamos seguros de que Bernie Sanders no habría sido capaz de frenar a Donald Trump? El Partido Demócrata y eso que llamamos establishment (en castellano, «la casta») no comprendió que el nivel de hartazgo de la ciudadanía con lo de siempre es de tal magnitud que solo la izquierda puede frenar a la más rancia derecha. Sí parecen haberlo entendido nuestros vecinos franceses con la elección en primarias del «antisistema» Benoît Hamon frente al candidato «liberal-socialista» (¡¿eso qué es lo qué es?!) Valls. También los británicos con Jeremy Corbyn.
Antes o después, el socialismo español tendrá que asumir que las viejas recetas ya no valen, que el ciudadano de a pie está harto de puertas giratorias que sientan a antiguos prebostes en los consejos de administración que nos suben la luz, de que cada día salga un escándalo en la prensa, de que todos parezcan iguales y cuando sale alguien mínimamente distinto –el ser– se le corta la hierba bajo los pies.
El PSOE se enfrenta a unas primarias, convocadas in extremis, tarde y mal, en las que no se decide un secretario general. Se decide mucho más. Está en tela de juicio un modelo de país, de Estado. Se dirime romper, quizá, con esa cada vez más pesada inercia que arrastramos desde 1978. Y muchos, los más poderosos, no están dispuestos y para ello hasta sacan candidatos de la chistera. ¡Pero Patxi! Con lo buen tío que eres, ¿cómo te dejas liar así? Pero la historia es inexorable. El que un partido socialista oriente todos sus esfuerzos en mantener un statu quo insostenible es algo que conocemos. Lo vimos en la Italia de Bettino Craxi, también, más recientemente, en Grecia. La pasokización es la nada.
Ya sea desde la perspectiva táctica como desde la estratégica, la realidad admite pocas más trampas. La propia militancia del PSOE –el PSC mantiene otras dinámicas–, caracterizada por un sentido de la responsabilidad, a veces, quizá exagerado, tampoco admite más trampas. La actual gestora que dirige el partido lo sabe y por eso ha alargado la convocatoria de primarias todo cuando les ha sido posible. Sabemos que van a seguir sacando untxik («conejos» en euskera) de su elegante chistera. Creemos que esas trampas ya no van a salir.
Con todo, lo realmente grave no sería que el PSOE terminara por desaparecer, comido por sus propias termitas. Que desaparezca un partido político, como un periódico, puede ser triste pero no es grave. Lo dramático es la situación en que quedaría el país de ocurrir eso. Lo terrible es que, ni siquiera valga el aforismo lampedusiano de «vamos a cambiar algo para que todo siga igual». O el cambio se produce, de verdad, en nosotros mismos y para el país, o nuevos Trump, Le Pen o Aznar vendrán a explicarnos, en otro tono, que esto no da más de sí.
Hoy, solo Pedro Sánchez, el vapuleado Pedro Sánchez, el quijotesco Pedro Sánchez, el socialista valiente Pedro Sánchez está en condiciones de encabezar el necesario vuelco de la situación. Él es el ser y la alternativa es la nada.