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Tancredi Falconeri no nos vale: renovarse o morir

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Esto de las postverdad no es nuevo. Parece inventado a finales del año pasado pero, si rascamos un poco, incluso la Guerra de las Galias, del inefable Julio César, es un abultado conjunto de textos que, según sabemos hoy, no son sino propaganda pura y dura, hoy diríamos postverdad, del controvertido general romano.

Sin salir de la península Itálica, recordamos un ejercicio legendario de manipulación del lenguaje que, además, trasladado a España, miente hasta en el título. Los gatopardos no existen. El felino africano que en Italia se conoce como gatopardo –un tipo de leopardo, el jaspeado–, y que lucía el escudo de armas de la familia Salina, en castellano se denomina en realidad serval. Hasta en eso nos mintieron, desconozco por qué.

Comenté en otro escrito, hace pocas semanas, que el socialismo español –y el catalán y el tarraconense– enfrentan en estos meses dos concepciones a las que me referí, como recordaréis, como el Ser o la nada, en alusión a Sartre. En esta ocasión, «la nada» sería el resultado del célebre aserto gatopardiano.

El argumento de la novela de Lampedusa es conocido y su expresión política más conocida, también: «algo ha de cambiar para que todo siga igual». La frase se pone en boca de Tancredi Falconeri, un antiguo idealista garibaldiano reconvertido en mero arribista revolucionario, que comprende que, efectivamente, los idealistas –los precursores del cambio real– carecen de acomodo en la política italiana.

Dejo al lector el ejercicio de establecer paralelismos entre el paisaje siciliano –sur de Italia– de finales del XIX y las vicisitudes andaluzas –sur de España– de principios del XXI. Quien más quien menos imaginará quién puede ser el otrora poderoso y hoy en declive, y la representación de su continuidad, antaño vocinglera y representante del cambio para que no cambie nada, postverdad mediante. El problema es que esas soluciones ya no valen. Ni le valen a la ciudadanía ni le valen al partido. No valen en España, no valen en Catalunya y, si se me apura, ni valen tampoco en nuestra querida Tarragona.

En los ochenta, socialistas jóvenes, valientes y resolutivos echaron el resto para arrumbar los estertores del franquismo y convertir España en un país a la altura de su entorno. Nos hicimos europeos, para bien y, por qué no decirlo, en algunos aspectos para mal. Y debemos estar orgullosos. No olvidemos que ya acabando aquella época floreció, como ejemplo de postverdad, de apropiación del lenguaje, la nunca oficial corriente de los «renovadores» cuyo objetivo era, no lo olvidemos, que no se renovara nada. Y estaban enfrentados a los entonces idealistas, cuya facción encabezaba Alfonso Guerra.

Aquellos jóvenes y valientes socialistas habían tomado, pocos años antes, el relevo en el viejo partido de Rodolfo Llopis, en Suresnes. Y lo hicieron por asalto. Descabalgaron al candidato oficial, nuestro por otras cosas admirado, Nicolás Redondo, se hicieron con las riendas y entendieron que no valían los cambios cosméticos, los viejos discursos, las palabras que ya no eran comprendidas por la mayoría. En aquellos años, las tantas veces citadas palabras de Tancredi no servían. No eran útiles. Había que adaptar el discurso a uno que permitiera a una nueva España desprenderse de los lastres de todo signo y avanzar. Y lo hicieron bien. Y lo hacen mal.

Como el estudiante que trabaja para aprender y ese aprendizaje, luego, se reflejará en las notas, el socialismo debe ofrecer ese cambio ansiado por amplísimas capas de la sociedad española –y catalana y tarraconense– para el que no valen las viejas recetas ni la actualización de las viejas recetas. Necesitamos otras. Nuevas. Y tal vez por explorar.

Las notas para el estudiante, como los resultados electorales para un partido, son importantes pero no son un fin en sí mismo sino solo el medio para avanzar y la demostración de que las cosas se están haciendo bien. Nuestro fin es transformar la sociedad, mejorar la calidad de vida de la ciudadanía, disminuir las desigualdades sociales, acabar con la miseria, crear un marco territorial en el que todo el mundo se sienta cómodo, cuidar el medio ambiente, avanzar en la igualdad real entre hombres y mujeres, poner en valor al distinto… Y esto no se hace ofreciendo a los poderosos y sus medios de comunicación respuestas que no molesten y que, cuando lo estimen oportuno, permitan ganar unas elecciones y ocupar unos sillones que se calientan por turnos.

Renovarse o morir dejó hace tiempo de ser una frase hecha para constatar una realidad casi dramática. Entre Bernie Sanders y Hillary Clinton –candidata lampedusiana– ganó… Donald Trump. En España, en Catalunya y en Tarragona enfilamos el mismo camino si aquellos que tanto hicieron, sin manual de instrucciones, por mejorar nuestro país no dan, definitivamente, un paso a un lado y ceden el testigo a las nuevas generaciones, pero a las de Garibaldi, no a las de Tancredi. Hay mimbres, ideas, ganas, ilusión y, sobre todas las cosas, necesidad. Ya solo falta que nos dejen y que nada haya de ser tomado por asalto, como en Suresnes.